La lista de cosas que probé parece interminable. Primero fue cambiar a una dieta renal con fórmula médica que costaba una fortuna. Luego vinieron múltiples medicamentos que solo parecían enmascarar los síntomas. Incluso probé todos los suplementos para riñón que vendían en las tiendas para mascotas.
Nada funcionó. De hecho, la condición de Bella solo empeoró:
- Se volvió cada vez más letárgica
- Empezó a rechazar la comida por completo
- Ya no podía saltar al sofá
- Estaba perdiendo peso y masa muscular
Cada visita al veterinario terminaba igual: más exámenes, más recetas, más cuentas por pagar, pero sin respuestas reales.
“La enfermedad renal es progresiva”, decían. “Solo podemos controlarla”, sugerían.
Mientras tanto, mi cuenta bancaria se estaba vaciando y mi pobre Bella seguía sufriendo.
Después de la décima visita al veterinario y más de 2 millones gastados en pruebas que todas regresaban con valores renales cada vez peores, supe que tenía que haber una mejor solución…